Por fin hemos dejado atrás la locura de Kathmandu. No porque la capital de Nepal me desagrade: todo lo contrario. Siempre me ha entusiasmado el caos controlado de sus calles estrechas, dimensionados para otras épocas sin coches y sin tantos turistas. Fascinación que añado a las anchas sonrisas de todos los habitantes de este simpático país. La sonrisa está escrita en el alma y ésta no puede engañar puertas afuera. En cualquier situación por difícil que sea acaba habiendo una sonrisa que me hechiza pero sobre todo que me admira. Hace unos días, por ejemplo, tomamos un “Ricshau”-el taxi bicicleta tan típico del mundo asiático- un día lluvioso y difícil. A menudo los utilizo porque es una manera de ayudar a los que están más abajo, – trabajo duro y pesado- y a pesar de todas las dudas que afloran mientras paseo por las calles imposibles del centro, observando los malabarismos y las eses en un palmo del conductor a pedales. Al bajar propina y una inmensa sonrisa, pura, nítida y sincera entre las gotas de lluvia. Por otra parte, los soldados y los policías que hay por la calle lo son todo, menos un desafío militar temible. La mirada los delata y por mucho fusil que lleven la inmensa sonrisa desmantela cualquier tentativa de inferir temor. Nepal es el país de la sonrisa.

Pero este año no hemos tenido tiempo de nada, ni tampoco por las sonrisas. Mucho trabajo y muchos elementos para ligar hasta el mismo momento de partir. Ayer salimos a las seis de la mañana y a las dos todavía estaba trabajando. El cansancio se ha acumulado desde Barcelona hasta la frontera. Hoy escribo desde Nyalam, el primer poblado tibetano en la entrada de la gran llanura del Tibet. Ayer completamos los 120 km de carretera nefasta hasta la frontera entre Nepal y la China. Y superamos uno de los momentos más inquietantes de un viaje como éste: pasar los trámites transfronterizos. Los chinos hilan muy fino. Nos cachearon de arriba abajo. Protocolo establecido, inspeccionaron todas las fotografías de la cámara -¡no quiero imaginarme las sorpresas que estos jóvenes soldados se habrán llevado!- y las páginas de los libros. Al final, todo el embutido de ‘Ca la Teresona’ se ha quedado en la frontera, esperando que la agencia lo pueda colar en otra expedición. ¡Recemos!

Nyalam está situado a 3.750 m. y hoy ya hemos aclimatado hasta los 4.400 m. El frío aquí también es intenso, y hemos pasado del calor húmedo de Kathmandu a ir vestidos con el anorak de plumas. El cansancio acumulado de todos estos últimos días -¡diría que meses! – ha chocado con la altura y el frío. Ahora, ya de noche, me siento agradablemente cansado: dormiré como un niño.