19 de oct. de 2011
FINAL DE HISTORIA. EN BUSCA DE LA LIBERTAD.
(Artículo publicado en el 9Nou el 17/10/2011)
No estoy seguro de que escribir sobre mi última aventura un domingo por la tarde -uno de los momentos álgidos de la depresión semanal y más teniendo en cuenta que no hay el antídoto azulgrana- sea el momento más oportuno, pero alguien me ha comentado que incluso me puede servir como terapia. Sea como sea, ahora el Cho Oyu me queda mentalmente a una distancia cósmica, aunque sólo hace una semana de calendario que he vuelto, y diez días justos que estuvimos tan cerca de la cima. Pero también es cierto que la distancia mental ayuda a situar las cosas en su sitio, o al menos a juzgarlas desde fuera. Porque parece mentira que una historia que en su momento me absorbió con tanta intensidad, ahora tenga la impresión de que la vivió otro. Y parece que juzgarse a un mismo cueste un poco menos cuando el sujeto deja de ser estrictamente tu propio yo para convertirse en algo más desdibujado, un ser que pasa a ser el “yo del pasado”, como si se hubiera desligado del alma presente y la cosa ya no fuera con uno mismo. Así que permitidme que mi propia benevolencia tenga misericordia y sienta compasión por mi “yo pasado”. Razones no me faltan.
Ferran hace unas semanas viajó al Cho Oyu, la sexta montaña de la tierra con sus 8201m, con la intención de poner en marcha el proyecto de acabar los catorce ochomiles de la tierra, cuando de momento llevaba seis. Aunque se trata de un ochomil muy alto pero técnicamente hablando de uno de los fáciles, sabía perfectamente que de esto no se podía confiar. De hecho, el año anterior no había podido ser escalado, y sus anteriores experiencias post-monzónicas-el período post estival que escogió para escalarlo-, le hacían desconfiar de la meteorología de la época. La expedición fue muy bien en líneas generales. Lo que más recuerda y valora el Ferran de hace unas semanas es la sensación de libertad. Después de muchos años formando parte de expediciones de grupos grandes liderados por otros prohombres, por fin compartía la expedición con dos amigos, y eso le permitió sentirse dueño y señor de sus actos, de sus palabras, y hasta todo de sus silencios. Cuando cierro los ojos, lo veo disfrutar como nunca de lo que realmente le hace feliz: formar parte de la belleza del paisaje e intentar robarle a esa realidad algún trocito, por pequeño que sea, -esos fragmentos en el tiempo y en el espacio-, en forma de ventana y de instante mágico, a través del click de una fotografía o de los segundos de un rodaje. El Tíbet en otoño se convierte en un espectáculo de azules saturados y metálicos en contraposición con los tonos ocres y rojizos de la tierra, duros, secos y erosionados como la piel de los rostros tibetanos. Es un espectáculo de cielos infinitos donde sólo el límite lo puede poner la divinidad budista, donde las nieves son eternas y el paso de los hombres hasta hace poco era imposible. Ferran, como tantos otros, quiso incluirse con todos esos que se atreven a poner los pies en una de estas montañas que desde lejos, desde el centro de la llanura de Tingri, parecen esculturas de mármol vírgenes e intocables. Como he dicho, en términos generales valoro la expedición positivamente. Al principio el tiempo fue muy malo, muy monzónico, con nevadas constantes y una traca final espectacular. Esto, y el hecho de que iban justos de tiempo, no les dejó, ni a él ni a sus dos compañeros, Nacho Orviz y Toni Massagué, aclimatarse mucho. A los pocos días de expedición llegaron al Campo 2 por primera vez, situado a 7150 m. Nacho, que se sintió con fuerzas, intentó hacer cumbre y le salió bien. En el Campo Base, Ferran y Toni pues debían esprear su oportunidad. Mucha gente me ha preguntado por qué no lo intenté con Nacho. De hecho aquel Ferran estuvo dudando durante la mañana siguiente, cuando Toni ya había empezado a bajar hacia el Campo Base. Simplemente hay que contestar, que con sólo una subida previa a 6400 m no se veía suficientemente aclimatado para completar los 8200 m. De hecho su plan inicial era hacer esa punta de altura para terminar de aclimatarse, pero no para hacer cumbre. Hubiera podido subir? Quizá sí, pero también podría haberse convertido con una estatua de hielo permanente a 8000 metros de altura. Sea como sea el plan estándar, diríamos que el procedimiento habitual, era bajar una vez realizada la aclimatación e intentar hacer cumbre en las inmediaciones del día cinco de octubre. Y así fue. Absolutamente convencidos por la estrategia, Ferran y Toni recibían buenas noticias y los días 4, 5 y 6 de octubre eran, por pronóstico, excelentes para hacer cumbre. Decidieron atacar la cumbre con las siguientes etapas: día 3 del Campo Base al Campo 2 (7150 m) directos, día 4 hasta el Campo 3 (7.600 m) y día 5 ataque a la cumbre. El plan se desarrolló bien con alguna incidencia hasta el Camp 3. Llegaron muy tarde, pero el tiempo y el atardecer fueron espectaculares. Era tanta la seguridad y la fe que tenían en que lo podían conseguir como la ilusión de un niño antes del día de reyes. Cabe añadir que no había nadie más en el Campo 3, y el regalo inmenso de aquella soledad privilegiada era un signo claro que presagiaba la victoria. Desgraciadamente a las diez de la noche el viento comenzó a soplar. Y en poco tiempo, incomprensiblemente estaban metidos en un huracán de viento. Fueron doce horas de angustia, con la sensación de estar metidos dentro de una barca a la deriva, sin saber ni el rumbo ni la duración de la tormenta. Con ese viento, en su cara, además del rostro serio y grave, se dibujó también el de la tristeza. Cada vez quedaba más claro que no tendrían, después de tantos días de sufrimiento, el regalo preciado de la cima, ni siquiera la posibilidad de intentarlo. A partir de ese día, a Ferran se le quedó el rostro congelado, con la expresión de tristeza y de injusticia grabado para siempre.
Aquel Ferran quedó como os he descrito. Parado en el tiempo, sujetando una tienda con la mirada incrédula. Hoy os escribe otro Ferran. Tengo presente lo que me ha pasado y a menudo miro fijamente al Ferran que quedó prisionero en la tienda, en 7600 m. El sueño de la libertad ha quedado incompleto, en parte prisionero de aquel viento y de aquellas alturas. Sé, como muchos de vosotros sabéis, que para algunos, la libertad nunca ha sido fácil. Habrá que seguir luchando. He escalado siete ochomiles. He tenido momentos muy buenos, pero también muy desgraciados. No me rendiré tan fácilmente.







